Pero apenas ese pensamiento cruzó por su mente, Alejandro sintió que algo no encajaba.
Doce millones en propiedad.
Aunque Mariana hubiera vendido aquella casa de inmediato, aunque hubiera usado hasta el último peso, la compra de una vivienda de dieciséis millones en Guadalajara no explicaba todo.
“Compró de contado.”
Sin hipoteca.
Sin aval.
Sin ayuda bancaria.
Alejandro apretó el celular entre los dedos.
Por primera vez en muchos años, una sensación que no era orgullo ni rabia le subió por el pecho.
Miedo.
Miedo de descubrir que durante todo ese tiempo, Mariana no solo había sobrevivido sin él.
Sino que tal vez había vivido mejor.
El chofer ya lo esperaba frente al edificio. Alejandro subió al auto sin decir una palabra.
—Al aeropuerto —ordenó.
Durante el trayecto, la ciudad pasó frente a sus ojos como una película borrosa.
Las luces.
Los autos.
Los peatones.
Todo parecía pertenecer a una vida ajena.
Él solo podía pensar en una cosa.
Mariana empujando una carriola doble bajo los árboles del Parque Metropolitano.
Dos niños de dos años y medio.
Sus hijos.
Hijos que jamás había abrazado.
Hijos que quizá ya sabían decir “papá” mirando a otro hombre.
Cuando el avión despegó, Alejandro cerró los ojos.
Pero no pudo dormir.
En su memoria apareció Mariana la noche anterior al divorcio.
Ella estaba sentada junto a la ventana del departamento, con una manta sobre los hombros. Afuera llovía. Él llegó tarde, como siempre, oliendo a alcohol y a reuniones interminables.
—Alejandro —dijo ella en voz baja—. ¿Alguna vez me quisiste de verdad?
Él estaba cansado.
Demasiado cansado para escuchar.
Demasiado arrogante para responder con honestidad.
Solo se quitó el reloj y dijo:
—No empieces otra vez.
Mariana sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Triste.
—Está bien. Ya entendí.
En ese momento, él no comprendió lo que significaba aquella frase.
Ahora sí.
Ella no había entendido una respuesta.
Había entendido su lugar.
Había entendido que en esa casa no era esposa.
Era una sombra.
Una obligación.
Una mujer que debía esperar, callar, soportar y agradecer.
El avión aterrizó en Guadalajara cerca de la medianoche.
Javier ya le había enviado una dirección.
Zona Andares.
Condominio privado.
Casa 17.
Alejandro llegó frente al lugar cuando las luces del vecindario estaban casi apagadas. El guardia de seguridad le impidió el paso.
—¿A quién busca?
—A Mariana López.
El guardia lo miró de arriba abajo.
—La señora López no recibe visitas a esta hora.
“Señora López.”
No “señora Salgado”.
No “exesposa de”.
Solo Mariana López.
Alejandro tragó saliva.
—Dígale que soy Alejandro Salgado.
El guardia hizo una llamada.
Pasaron treinta segundos.
Luego un minuto.
Finalmente colgó.
—La señora dice que no lo conoce.
Aquellas palabras lo golpearon más fuerte que cualquier insulto.
No lo conoce.
Tres años atrás, si alguien le hubiera dicho que Mariana algún día negaría incluso conocerlo, él se habría reído.
Ahora se quedó inmóvil frente a la reja, con el rostro pálido y los ojos fijos en la casa iluminada al fondo.
En una ventana del segundo piso se encendió una luz.
Una silueta apareció detrás de la cortina.
Delgada.
Serena.
Inconfundible.
Mariana.
Alejandro dio un paso adelante.
La cortina se cerró.
Y esa simple acción fue más cruel que un portazo.
Porque no había rabia en ella.
No había drama.
No había reclamo.
Solo distancia.
La distancia de alguien que ya había dejado de esperar.
Alejandro permaneció allí hasta casi el amanecer.
No tocó la puerta.
No llamó de nuevo.
No gritó.
Solo esperó.
Como si tres años de ausencia pudieran pagarse con una noche de frío.
A las siete de la mañana, la puerta de la casa se abrió.
Primero salió una mujer de mediana edad con uniforme sencillo. Después apareció Mariana.
Llevaba pantalón beige, camisa blanca y el cabello corto recogido detrás de las orejas.
En sus brazos cargaba a una niña pequeña con un oso de peluche.