Sin saber en absoluto que su esposa era propietaria de una aerolínea valorada en 10.000 millones de dólares, la abandonó en la puerta de embarque del aeropuerto junto con su hijo enfermo.
Sin saber en absoluto que su esposa era propietaria de una aerolínea valorada en 10.000 millones de dólares, la abandonó en la puerta de embarque del aeropuerto junto con su hijo enfermo.
La voz de la empleada de la aerolínea anunció el inicio del abordaje cuando Mauricio Santillán colocó a su hijo enfermo en los brazos de su esposa.
—Llévatelo a casa, Camila. No puedo perder este vuelo por una fiebre.
Leonardo, de 4 años, temblaba bajo una cobija azul. Tenía las mejillas encendidas, los labios resecos y una pequeña mano aferrada al cuello del abrigo de su madre.
—No es una fiebre cualquiera —respondió Camila—. Pasó toda la noche llorando. La pediatra quiere verlo de inmediato.
Mauricio revisó su reloj de lujo sin mirar al niño.
—Entonces llévalo tú. Para eso eres su madre.
La escena ocurrió frente a la puerta 32 de la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Decenas de pasajeros arrastraban maletas, consultaban pantallas y formaban filas para abordar el vuelo rumbo a Cancún.
Detrás de Mauricio esperaba Renata Villarreal, directora de relaciones públicas de la aerolínea. Vestía un elegante traje color marfil y sostenía un bolso que costaba más de lo que muchas familias ganaban en varios meses.
Renata se acercó y tomó a Mauricio del brazo.
—Amor, ya van a cerrar la puerta.
Camila sintió que aquella palabra le atravesaba el pecho, pero no hizo ninguna pregunta. Hacía meses que conocía la verdad. Había encontrado reservaciones para 2 personas, mensajes eliminados y recibos de restaurantes donde Mauricio supuestamente cenaba con inversionistas.
Lo único que no había imaginado era que tendría el descaro de presentarse con su amante delante de su hijo enfermo.
Ofelia Santillán, madre de Mauricio, apareció detrás de Renata. Llevaba gafas oscuras, tacones altos y un collar de perlas que Camila había pagado sin que ella lo supiera.
La mujer observó el abrigo gris de su nuera, sus zapatos bajos y el cabello recogido sin cuidado.
—Mírate —dijo con desprecio—. Siempre desarreglada, siempre causando problemas. Mi hijo se ha esforzado para llegar lejos y tú sigues pareciendo una mujer que espera el camión en una colonia cualquiera.
Algunas personas redujeron el paso para escuchar.
Camila apretó a Leonardo contra su pecho.
—El niño necesita atención médica.
—Los niños se enferman porque sus madres no saben cuidarlos —replicó Ofelia—. Mauricio necesita una mujer que esté a su altura, no una carga.
Renata escondió una sonrisa.
Ofelia levantó la voz para asegurarse de que todos escucharan la última frase:
—Te lo advertí desde que se casaron. Tú nunca tuviste categoría para viajar en primera clase.
El rostro de Camila ardió bajo las miradas de los desconocidos. Un hombre bajó su periódico. Una joven dejó de hablar por teléfono. Incluso una agente de abordaje levantó la cabeza al reconocerla.
Camila no respondió.
Acomodó la cobija alrededor de Leonardo y besó su frente.
—Papá… —murmuró el niño—. No te vayas.
Mauricio titubeó apenas un instante.
Camila alcanzó a ver en sus ojos algo parecido a la culpa, pero Renata volvió a tirar de su brazo.
—Tenemos una reservación en el hotel —susurró.
Mauricio endureció el rostro.
—Te llamaré cuando aterrice. No conviertas esto en un drama.
Después tomó la mano de Renata y avanzó hacia el puente de abordaje. Ofelia los siguió con la cabeza en alto.
Ninguno de los 3 miró hacia atrás.
La agente de la puerta, una joven llamada Ximena, observó a Camila con desconcierto.
—Señora Navarro… ¿necesita que llame al servicio médico?
Camila la miró.
Durante años había pedido a los empleados que no la trataran de manera especial cuando viajaba con su familia. Sin embargo, en aquel momento Leonardo respiraba con dificultad.