—Sí, por favor. Y comunícame con la doctora Robles.
Ximena actuó de inmediato.
Mientras los paramédicos llegaban, Camila levantó los ojos hacia la enorme pantalla de salidas. Monterrey, Mérida, Tijuana, Madrid, Bogotá, Los Ángeles.
Casi todos aquellos vuelos pertenecían a AeroHorizonte.
Y AeroHorizonte le pertenecía a ella.
Camila Navarro había crecido cerca del antiguo aeropuerto de Toluca, en una casa pequeña cuyas ventanas vibraban cada vez que un avión despegaba.
Su padre, Tomás Navarro, había comenzado cargando cajas durante los turnos nocturnos. Años después aprendió a reparar motores y compró una avioneta de carga que apenas conseguía mantenerse en el aire.
Todos se burlaron de él.
—Un mecánico nunca será dueño de una aerolínea —le decían.
Tomás respondía:
—El cielo no pregunta de dónde vienes. Solo pregunta si tuviste el valor de despegar.
La avioneta se convirtió en 3 aeronaves. Después llegaron contratos de mensajería, rutas nacionales y vuelos comerciales. Cuando Camila cumplió 25 años, AeroHorizonte ya era una de las compañías aéreas más importantes del país.
Ella estudió administración, ingeniería aeronáutica y finanzas. Conocía la empresa desde los hangares hasta la sala del consejo. Sabía revisar una turbina y también detectar una mentira escondida dentro de un informe financiero.
Antes de morir, Tomás le entregó un prendedor de bronce con forma de alas.
—La gente medirá tu valor por tu ropa, tu automóvil y los lugares donde te vea —le dijo—. Déjalos equivocarse. El verdadero poder no necesita anunciarse.
Camila heredó la mayoría de las acciones, pero decidió mantenerse lejos de las cámaras. Públicamente, la compañía era dirigida por un consejo. Su nombre aparecía escondido detrás de varias sociedades familiares.
Cuando conoció a Mauricio, él era un joven vendedor de boletos con grandes sueños y poco dinero.
Camila se presentó como una empleada administrativa.
Quería saber si algún hombre podía amarla sin conocer su fortuna.
Mauricio parecía diferente. Le llevaba café al trabajo, viajaba durante horas para verla y hablaba de formar una familia. Cuando se casaron, Camila utilizó su influencia para que lo consideraran en un programa interno de desarrollo profesional, pero nunca ordenó que lo ascendieran.
Durante los primeros años, Mauricio trabajó con disciplina y obtuvo resultados. Sin embargo, cada nuevo cargo alimentó algo oscuro dentro de él.
Comenzó a creer que había construido su carrera completamente solo.
Cuanto más elegante era su oficina, más insignificante le parecía su esposa.
—Deberías vestirte mejor —le repetía—. Ahora represento a una compañía importante.
Camila sonreía y guardaba silencio.
Luego Ofelia perdió su casa por deudas y se mudó con ellos “durante unas semanas”. Terminó ocupando la recámara de visitas durante casi 2 años.
Criticaba la comida de Camila, su forma de educar a Leonardo y hasta el hecho de que no organizara fiestas para presumir el éxito de Mauricio.
—Mi hijo necesita una esposa brillante —le decía—, no una mujer invisible.
Renata apareció poco después.
Era hermosa, ambiciosa y sabía alimentar la vanidad de cualquier hombre. Convenció a Mauricio de que estaba destinado a convertirse en director general.
También le aseguró que Camila era un obstáculo.
La mañana del aeropuerto, mientras el avión despegaba rumbo a Cancún, Leonardo fue trasladado a un hospital privado.
Los estudios revelaron una infección pulmonar severa. Si Camila hubiera esperado hasta la tarde, el niño podría haber sufrido complicaciones graves.
Ella permaneció junto a su cama durante 3 noches.
Mauricio no regresó.
Envió 2 mensajes breves preguntando si “todo estaba bajo control”, pero en redes sociales aparecieron fotografías suyas brindando con Renata frente al mar.
Ofelia visitó el hospital solo para entregar una carpeta.
—Mauricio quiere el divorcio —anunció—. Será mejor que firmes antes de que todos descubran que él te dejó por una mujer superior.
Los documentos establecían que Camila renunciaba a la casa, aceptaba una pensión mínima y cedía temporalmente la custodia de Leonardo debido a su supuesta “inestabilidad económica”.
Camila leyó cada página.
—¿Mauricio sabe que usted me está entregando esto mientras su hijo está hospitalizado?