—Mi hijo sabe lo que le conviene.
Ofelia sonrió.
—Tú no tienes dinero para enfrentarnos. La casa está a nombre de una empresa y Mauricio cree que pronto será nombrado vicepresidente. Firma y evita avergonzarte más.
Camila cerró la carpeta.
—No voy a firmar.
—Entonces te quitaremos todo.
Cuando Ofelia se marchó, Camila sacó el prendedor de bronce que siempre llevaba oculto dentro del abrigo.
Leonardo dormía conectado a un monitor.
Ella observó el movimiento débil de su pecho y recordó las palabras de su padre.
Algunas personas solo muestran toda su crueldad cuando están convencidas de que no puedes defenderte.
Camila tomó el teléfono y llamó a Esteban Fuentes, presidente del consejo de AeroHorizonte.
Él respondió antes del segundo tono.
—Señora Navarro.
—Terminó el silencio —dijo Camila—. Convoca al consejo, revisa todos los gastos de Mauricio y prepara la gala del aniversario.
La investigación reveló más de lo que ella esperaba.
Mauricio había utilizado vuelos corporativos para viajar con Renata. Había cargado hoteles, joyas y cenas privadas a cuentas destinadas a negociaciones comerciales. También había compartido información confidencial con un grupo que buscaba comprar acciones de AeroHorizonte a bajo precio.
Renata no solo era su amante.
Trabajaba en secreto para uno de los competidores de la empresa.
Cuando descubrió que Mauricio soñaba con dirigir la aerolínea, le prometió apoyo de inversionistas. A cambio, él le entregó rutas proyectadas, costos operativos y planes de expansión.
Ofelia, por su parte, había contratado al abogado que redactó los documentos del divorcio. Su plan era quedarse con la casa, venderla y utilizar el dinero para asegurar la “nueva vida” de su hijo.
No sabían que la propiedad pertenecía a Camila desde antes del matrimonio.
La gala por el aniversario número 35 de AeroHorizonte se celebró en un hangar transformado en salón de lujo cerca del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles.
Mauricio llegó con Renata del brazo.
Ofelia caminaba detrás de ellos, luciendo las perlas que tanto le gustaban.
—Esta noche anunciarán al nuevo vicepresidente —dijo Renata—. Después de todo lo que hiciste por ellos, sería ridículo que eligieran a otra persona.
Mauricio sonrió.
Había preparado un discurso de agradecimiento.
Las luces se apagaron poco después de las 9.
En las pantallas apareció una fotografía antigua de Tomás Navarro frente a una pequeña avioneta de carga.
El presentador relató la historia del mecánico que había construido una aerolínea desde cero.
—Durante años —dijo—, AeroHorizonte ha sido guiada por una persona que decidió trabajar lejos de los reflectores. Esta noche, por primera vez, conocerán a la presidenta y propietaria mayoritaria de nuestra compañía.
Un reflector iluminó la escalera metálica del hangar.
Camila comenzó a descender.
Llevaba un vestido azul oscuro, sencillo y elegante. En el lado izquierdo del pecho brillaba el prendedor de alas de su padre.
El salón estalló en aplausos.
Mauricio dejó caer su copa.
Renata palideció.
Ofelia se llevó una mano a la boca.
Camila subió al escenario y esperó a que el silencio regresara.
—Mi padre me enseñó que una aerolínea no está formada únicamente por aviones —dijo—. Está formada por personas y por la confianza que depositamos en ellas. Cuando alguien utiliza esa confianza para enriquecerse, traicionar a su familia o vender información, pone en peligro a miles de trabajadores.
En las pantallas aparecieron registros de vuelos privados, gastos personales y transferencias de documentos confidenciales.
Mauricio miró a Renata.
—¿Qué hiciste?
Ella retrocedió.
—Tú me entregaste todo.
Los agentes de seguridad se acercaron.
El teléfono de Mauricio comenzó a vibrar. Su acceso corporativo había sido desactivado. Sus privilegios de viaje quedaron cancelados y una notificación confirmó su suspensión inmediata mientras avanzaba la denuncia penal por abuso de recursos y revelación de información.
Camila lo miró desde el escenario.
—Tu madre dijo que yo nunca fui digna de primera clase.
Ofelia bajó la cabeza.
Camila continuó:
—Tenía razón. Nunca necesité un asiento de primera clase. Yo era dueña del avión.
Nadie se rio.
Mauricio intentó acercarse.
—Camila, puedo explicarlo.
—Nuestro hijo pronunció tu nombre mientras no podía respirar. Tú elegiste una playa.
Aquella frase lo detuvo.