Aurelia le ofreció una habitación sencilla cerca de la cocina. Habló con tanta sequedad que Lucía comprendió que aquella era su manera de esconder la compasión.
La joven prometió marcharse por la mañana.
Pero al amanecer comenzó una lluvia intensa que convirtió el camino en lodo. Al segundo día se desbordó un arroyo y el paso quedó cerrado.
Lucía permaneció en El Encinar.
Al principio intentó ocupar el menor espacio posible. Arreglaba su cama, limpiaba su plato y doblaba la cobija después de utilizarla. Por las mañanas barría el corredor antes de que Aurelia despertara.
La viuda fingía no darse cuenta.
Sin embargo, se acostumbró rápidamente al sonido de otra persona dentro de la casa. El roce de una escoba. El tintineo de una taza. Una canción baja que Lucía tarareaba mientras cosía junto a la ventana.
Una mañana, la joven quiso ayudar a ordeñar.
—No —respondió Aurelia—. Una mujer en tu estado no tiene nada que hacer cargando cubetas.
Lucía bajó la cabeza.
—Solo quería ser útil.
Aurelia se marchó al establo, pero durante toda la mañana se arrepintió de la dureza de sus palabras.
Al regresar dejó frente a Lucía una caja con ropa que necesitaba remiendos.
—Si insistes en trabajar, puedes comenzar con esto.
No era una disculpa.
Pero ambas entendieron que cumplía la misma función.
Poco a poco construyeron una rutina. Tomaban café en silencio al amanecer. Lucía cosía y ayudaba a preparar conservas. Aurelia supervisaba las tierras y regresaba siempre antes de la comida.
Solo existía una incomodidad que ninguna mencionaba.
Aurelia evitaba mirar el vientre de Lucía.
Cada vez que el bebé se movía bajo el vestido, la viuda apartaba los ojos como si hubiera tocado una herida.
Lucía no sabía que Aurelia también había esperado una hija.
Durante años, ella y Eusebio prepararon una habitación. Compraron una cuna, cosieron cortinas y eligieron el nombre Rosa.
La niña nació durante una tormenta y vivió menos de 1 hora.
Después del entierro, Aurelia cerró la habitación. Eusebio le pidió varias veces que permitiera entrar el sol, pero ella nunca pudo hacerlo.
Los años transcurrieron. No llegaron más hijos.
Cuando Eusebio murió, Aurelia quedó sola con una casa llena de amor que no había podido entregar.
Una tarde escuchó a Lucía hablando en su habitación.
—No sé cómo lo haré —decía la joven, acariciándose el vientre—. Pero no dejaré que nadie te lleve. Aunque tenga que trabajar hasta caerme, tendrás una casa. Te prometo que nunca creerás que fuiste una vergüenza.
Aurelia se apoyó contra la pared del corredor.
Aquella voz contenía miedo, pero también una fuerza que comenzó a romper el hielo acumulado dentro de ella.
Esa noche se desató una tormenta.
Los truenos sacudían las ventanas y Lucía permanecía sentada en la cocina abrazándose los hombros. Aurelia encendió una segunda lámpara y se sentó frente a ella.
—¿Le teme a los truenos? —preguntó Lucía.
—No.
Otro estruendo hizo vibrar los platos.
—Parece que sí.
—Me desagradan. No es lo mismo.
Lucía sonrió apenas. Después su expresión se volvió seria.
—Tengo miedo de no saber ser madre.
Aurelia no respondió.
—No tengo casa, esposo ni dinero. A veces pienso que tal vez mi padre tiene razón. Quizá la criatura estaría mejor con personas que puedan darle todo.
—¿Y qué puedes darle tú?
—Amor.
—Entonces ya posee algo que muchas casas ricas no pueden comprar.
Lucía levantó la mirada.
—Preferiría pasar hambre antes que entregarla.
Aurelia sintió que la vieja puerta de su corazón cedía.
Por primera vez en décadas habló de Rosa. Contó lo poco que pesaba, la forma diminuta de sus manos y el silencio que quedó en la habitación después de que la partera se llevara el cuerpo.