—Había preparado tantas cosas para ella —susurró—. Un vestido para el bautizo, una manta bordada, canciones que jamás llegué a cantarle. Después Eusebio murió y me quedé con todo ese amor guardado.
Las lágrimas descendieron por sus mejillas.
—La peor parte de la soledad no es que nadie te ame. Es tener tanto amor para dar y no encontrar quién pueda recibirlo.
Lucía extendió la mano sobre la mesa.
Aurelia tardó varios segundos antes de aceptarla.
No hubo abrazos ni grandes promesas.
Pero aquella noche dejaron de ser una viuda y una forastera.
Se convirtieron en 2 mujeres que reconocían la herida de la otra.
Días después comenzó a circular una noticia en el pueblo. Un hombre llamado Anselmo Barrón preguntaba por una joven embarazada que había huido de su casa. Decía actuar en nombre de Severiano Hernández y ofrecía una recompensa.
La información llegó a Aurelia en el mercado.
No le contó nada a Lucía, pero desde entonces vigiló constantemente el camino.
Anselmo apareció una tarde montado en un caballo negro.
Aurelia mandó a Lucía esconderse y lo recibió en el portón.
—Busco a una joven que ha causado grandes preocupaciones a su padre —explicó él—. Está embarazada y no se encuentra bien de la cabeza.
—No he visto a nadie.
—Su propiedad es grande. Quizá alguno de sus trabajadores la recibió sin avisarle.
—No tengo trabajadores viviendo aquí.
Anselmo observó las ventanas.
—Con su permiso, revisaré la casa.
Aurelia se irguió.
—No tiene mi permiso.
—El padre de la joven es un hombre respetado.
—Esta tierra también tiene dueña. Y esa dueña soy yo.
Anselmo bajó la voz.
—Podría recibir 50 pesos por colaborar.
—Un hombre que ofrece dinero por una mujer embarazada no está buscándola para protegerla.
La cortesía desapareció del rostro del emisario.
—Volveré con autoridad.
—Entonces traiga una verdadera. No un sombrero limpio y amenazas mal disfrazadas.
Aurelia permaneció junto al portón hasta que el hombre desapareció.
Cuando entró, encontró a Lucía temblando en su habitación.
—Mientras estés bajo este techo, nadie te llevará —declaró—. Te doy mi palabra.
Lucía tomó su mano y comenzó a llorar.
Desde aquel día ya no hablaron de que la joven continuaría el viaje.
El Encinar se convirtió en su hogar.
En los terrenos posteriores había un antiguo huerto cubierto de maleza. Años atrás, Eusebio había plantado guayabos, duraznos y un granado para celebrar el embarazo de Aurelia.
Después de la muerte de Rosa, nadie volvió a cuidarlo.
Lucía decidió recuperarlo.
Trabajaba durante las horas frescas, arrancando hierba y regando las raíces. Hablaba con los árboles como hablaba con su criatura.
—Ese huerto está muerto —insistió Aurelia.
—Entonces no se molestará si intento despertarlo.
Las primeras hojas nuevas aparecieron 3 semanas después.
Aurelia comenzó a observarla desde la ventana. Una mañana llevó una jarra de agua y un trozo de pan dulce.
—Nadie trabaja bien con el estómago vacío.
Se sentaron bajo el granado.
Lucía describió cómo imaginaba al niño corriendo entre los árboles. Aurelia, sin querer, comenzó a imaginarlo también.
La felicidad regresó de manera discreta, escondida dentro de conversaciones sencillas y tazas de café.
Hasta que una mañana Lucía resbaló sobre la tierra húmeda.