Cayó de costado y lanzó un grito.
Aurelia corrió desde la cocina. Encontró a la joven pálida, sujetándose el vientre.
—Me duele. Todavía falta mucho.
La viuda sintió que el pasado regresaba para repetirse.
Ayudó a Lucía a llegar a la cama. La criatura seguía moviéndose, pero la joven tenía fiebre y fuertes contracciones.
Aurelia envió a un vecino a buscar a la partera y permaneció junto a ella toda la noche. Preparó infusiones, cambió compresas y rezó con una desesperación que no había sentido desde la muerte de su hija.
Cerca de la madrugada, Lucía abrió los ojos, delirante.
Buscó la mano de Aurelia.
—Mamá —murmuró—. No me dejes sola.
Aquella palabra atravesó a la viuda.
Aurelia apretó la mano de Lucía contra su rostro.
—Aquí está tu madre —respondió entre lágrimas—. No iré a ninguna parte.
Antes del amanecer, la fiebre comenzó a disminuir y las contracciones se detuvieron.
La criatura estaba a salvo.
Después de aquella noche, Aurelia dejó de esconder el afecto. Alimentaba a Lucía como si preparara comida para 4 personas, vigilaba cada esfuerzo y prohibía que se acercara al huerto sin compañía.
También sacó de un baúl telas antiguas y comenzó a coser prendas diminutas.
La llegada del bebé estaba cerca cuando Anselmo regresó.
Esta vez no venía solo.
Lo acompañaban Severiano Hernández, un escribano y 3 hombres armados.
Severiano exigió entrar.
—Lucía es mi hija y está bajo mi autoridad.
Aurelia no abrió el portón.
—Es una mujer adulta.
El escribano mostró un documento.
—Aquí consta que, debido a su estado y a su conducta deshonrosa, el padre puede trasladarla a su domicilio hasta el nacimiento.
Lucía salió al corredor.
Al ver a su padre, retrocedió instintivamente.
Severiano señaló el carruaje.
—Recoge tus cosas.
—No regresaré.
—No te estoy preguntando.
Aurelia se colocó delante de ella.
—En esta casa nadie se lleva a una mujer contra su voluntad.
Severiano sonrió con desprecio.
—Usted es una anciana sola. No convierta esto en un problema.
Entonces se escucharon caballos.
Vecinos de las propiedades cercanas aparecieron en el camino. Con ellos venían el párroco, la partera y don Leandro Ibarra, juez de paz del distrito.
Aurelia había enviado un mensaje después de la primera visita de Anselmo.
El juez examinó el documento.
—Este sello es falso.
Anselmo intentó marcharse, pero 2 vecinos bloquearon el camino.
En su alforja encontraron cartas del matrimonio de Guadalajara. Habían pagado 200 pesos para recibir al bebé, mientras Severiano obtendría una parte por convencer a Lucía.
También había una carta de Anselmo donde prometía entregar a la criatura aunque fuera necesario declarar a la madre demente.
Severiano palideció.
—Yo solo quería evitar la vergüenza.
—Quería vender a su nieto —respondió Aurelia.
Lucía miró a su padre con una tristeza serena.
—Yo habría regresado algún día si me hubiera buscado como hija. Pero vino a recogerme como si fuera una propiedad.
El juez ordenó detener a Anselmo por falsificación y amenazas. Severiano no fue encarcelado, pero quedó advertido de que cualquier nuevo intento sería tratado como secuestro.
Antes de marcharse, miró a Lucía.
—Te arrepentirás cuando esa vieja muera y te quedes otra vez sola.
Aurelia sacó del bolsillo las llaves de la hacienda.
—Eso no ocurrirá.
Severiano todavía no comprendía el significado de aquellas palabras.
La noche del parto llegó bajo una luna llena.