Parte 2
Salí casi corriendo del salón. Marisol manejaba. Yo iba en el asiento del copiloto, con el celular apretado entre las manos. La lluvia golpeaba el parabrisas con fuerza. Los limpiadores apenas alcanzaban a despejar el camino. Pero yo no veía borroso por la lluvia. Veía borroso por la rabia.
Don Raúl me citó en su taller de muebles. Cuando llegué, doña Elvira estaba sentada frente al escritorio. Estaba pálida. Tenía varios estados de cuenta sobre la mesa. La mujer que semanas antes sonreía escogiendo manteles color crema para mi boda ahora apenas podía respirar.
Don Raúl me acercó una hoja.
—El dinero salió en cuatro movimientos.
Me incliné para mirar. Eran cuatro transferencias. Tres tenían conceptos relacionados con supuestos pagos de proveedores. La última decía: “Anticipo Casa Norte”.
Levanté la mirada.
—¿Qué es Casa Norte?
Doña Elvira comenzó a llorar.
—No es un restaurante. No es un salón. Acabo de llamar. Es un desarrollo de departamentos nuevos en la zona norte.
Sentí un frío horrible en la espalda. Santiago siempre me decía que después de la boda rentaríamos un departamento por un tiempo. Decía que no quería comprar nada hasta que nuestra economía estuviera más estable. Pero no era que no quisiera comprar. Era que ese departamento no era para mí.
Don Raúl abrió un correo en la computadora. Era un comprobante de apartado. Nombre de la beneficiaria: Rebeca Montes. Yo conocía ese nombre. Rebeca era la coordinadora de nuestra boda. Ella había pedido copia de mi INE para agilizar el trámite del Registro Civil. Ella me pidió mi CURP, mi RFC, mi firma escaneada y mis fotografías. Ella siempre sonreía y decía:
—Usted no se preocupe, Valeria. La novia solo tiene que verse hermosa. Yo me encargo de todo.
Solté una risa seca.
—Usaron los documentos de la boda para tramitar el crédito.
Don Raúl golpeó la mesa con el puño.
—No voy a permitir que te arrastre con él.
Doña Elvira levantó la cara hacia mí, con los ojos rojos.
—Valeria, perdóname. Yo no sabía en qué se había convertido mi hijo.
No respondí. Abrí mi correo y busqué mensajes del banco. No había nada. Entré a la carpeta de spam. Ahí estaba. Un correo de confirmación del crédito. Mi nombre. Novecientos setenta mil pesos. Fecha de liberación: esa misma mañana. Motivo del préstamo: gastos de boda y adquisición de patrimonio después del matrimonio.
Cuando llegué a la línea que decía “firma electrónica validada”, las manos me empezaron a temblar. Yo no firmé nada. Esa mañana yo estaba en el salón de maquillaje. Había cámaras. Había empleadas. Estaba Marisol. Santiago lo había calculado todo.
Canceló la boda después de que el crédito fue liberado. Desapareció después de vaciar la cuenta. Me dejó con un vestido blanco, invitados, vergüenza, una deuda falsa y un mensaje que decía “no me busques”.
Entonces mi celular vibró. Un número desconocido me mandó un audio. Lo puse en altavoz. La voz de una mujer sonó tranquila, joven y descarada:
—Valeria, no hagas un escándalo. Santiago ya no te quiere y deberías aceptarlo con dignidad. Además, el departamento ya quedó apartado. Si te portas bien, nosotros vamos pagando ese crédito poco a poco.
Nadie en la oficina dijo nada. Miré a don Raúl. Su rostro pasó de pálido a gris. Luego llegó otro mensaje. Era una foto. Santiago estaba en el aeropuerto, jalando una maleta. A su lado iba Rebeca. Y en el dedo de ella brillaba mi anillo de compromiso.
Parte 3