Cuando llegué a la escuela comunitaria del barrio San Martín buscando trabajo, la directora me miró de arriba abajo y soltó una risa nerviosa.
—¿Vos querés enseñar? —preguntó, acomodándose los lentes como si necesitara verme mejor.
—Sí, señora. Terminé el profesorado de alfabetización —le dije, mostrándole mi certificado con orgullo.
Ella lo tomó, lo revisó dos veces, y suspiró.
—Mirá, Matías… la cosa acá es complicada. Los padres… no sé si van a entender.
—¿Entender qué? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Bueno… vos tenés síndrome de Down. Y acá la gente es muy… tradicional.
Me quedé callado. Era la quinta escuela que me rechazaba con excusas distintas pero el mismo miedo.
—Déme una semana —le dije al fin—. Una sola semana. Si no funciona, me voy solo.
Ella me miró largamente y asintió, aunque no parecía convencida.
El primer día, los padres hicieron fila para quejarse.
—¿Usted está loca? —le gritó una señora a la directora—. ¿Cómo va a dejar que ese le enseñe a mi hijo?
—Yo no pagué la cuota para esto —protestó otro, aunque la escuela era gratuita.
Desde el aula, yo escuchaba todo. Los chicos también. Carlitos, un nene de siete años con el pelo parado como escobillón, me miró con sus ojos enormes.
—Profe, ¿por qué dicen cosas feas de usted?
Me arrodillé para quedar a su altura.
—Porque tienen miedo, Carlitos. La gente le tiene miedo a lo que no conoce.
—¿Usted nos va a enseñar igual?
—Claro que sí. ¿Querés aprender a leer?
Su cara se iluminó.