Tengo 23 años y ayer me gradué con el mejor promedio de mi generación en la facultad de arquitectura de una universidad privada muy costosa. Yo estudié ahí gracias a una beca del 100% por excelencia académica.
La mayoría de mis compañeros eran hijos de empresarios o políticos, jóvenes que llegaron en carros del año y que trataban al personal de servicio como si fueran invisibles.
El blanco favorito de sus burlas era don Ramón, el conserje del edificio C. Un señor de 55 años, callado, de manos agrietadas, que se pasaba el día trapeando pasillos.
Había un grupito de tres muchachos, los más ricos del salón, que a propósito tiraban sus vasos de café al piso justo por donde don Ramón acababa de limpiar, solo para reírse viéndolo agacharse a recogerlos. “Para eso le pagan, ¿no? Si no, que hubiera estudiado”, decían.
Yo me aguantaba la rabia. Cada vez que ellos hacían eso, yo iba y le ayudaba al señor a limpiar en secreto. Mis compañeros me decían que no me juntara con la “servidumbre”, pero yo tenía un motivo muy grande para quedarme callada.
Don Ramón me lo había pedido.
Ayer fue la ceremonia de graduación en el auditorio principal. Todos los padres estaban ahí con trajes de diseñador y vestidos de seda.
Como yo tenía el primer lugar de la generación, me tocó dar el discurso de despedida. Me paré en el podio, ajusté el micrófono y miré directamente a la primera fila, donde estaban sentados los tres muchachos que siempre se burlaban, acompañados de sus familias perfectas.
Empecé mi discurso: “Hoy nos llevamos un título que nos dice que somos arquitectos. Pero un pedazo de papel no te quita lo miserable si no tienes educación desde la casa”. El auditorio se quedó en un silencio tenso.
Continué: “Durante cuatro años, vi cómo muchos de aquí humillaban al personal de limpieza. Creían que por pagar una colegiatura tenían derecho a pisotear la dignidad de quienes limpian sus desastres.
Hoy quiero presentarles a la persona que pagó mis pasajes, que no comió carne durante años para comprar mis materiales de maqueta, y que se tragó todas sus burlas en silencio para no arriesgar mi beca”.
Miré hacia la parte de atrás del auditorio, cerca de las puertas de salida, donde estaba el personal de limpieza viendo la ceremonia.
“¡Papá, ven aquí arriba!”, grité con lágrimas en los ojos.
Don Ramón, con su uniforme azul de intendencia limpio y planchado, se quedó congelado. Yo bajé del estrado, corrí por el pasillo central, lo tomé de la mano y lo subí conmigo al escenario.
Le puse mi medalla de excelencia en el cuello.