Cuando volvió la segunda mañana, tenía los ojos rojos de cansancio.
Me encontró desayunando sola.
—Vanessa está mejor.
—Me alegro.
—El médico dijo que fue algo que comió.
—Bien.
Me observó.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más quieres que diga?
—Nada.
Abrió el refrigerador.
Estaba prácticamente vacío.
—¿No compraste comida?
—No.
—¿Por qué?
—Porque casi no voy a estar en casa.
Cerró la puerta con fuerza.
—¿Tan ocupada estás últimamente?
—Sí.
No mentía.
Había reuniones de transición.
Documentos.
Llamadas internacionales.
Y una vida entera que empaquetar.
Adrian tomó las llaves.
—Iré al supermercado.
Antes de salir preguntó:
—¿Necesitas algo?
Por costumbre estuve a punto de responder.
Después negué.
—No.
Volvió una hora más tarde.
Compró yogur, fruta, verduras, carne, café.
Y una tarta de limón.
La dejó frente a mí.
—Esta sí es la que te gusta, ¿verdad?
Miré la caja.
Luego a él.
—Sí.
Sus hombros parecieron relajarse.
—Entonces come un poco.
—Gracias.
Probé un bocado.
Estaba buena.
Pero algo dentro de mí ya no podía regresar.
A veces la gente empieza a hacer lo correcto cuando comprende que puede perderte.
Eso no significa necesariamente que haya aprendido a amarte.
A veces solo significa que ha notado tu ausencia antes de que te hayas marchado.
Faltaban cuatro días.
Recibí una llamada de mi madre.
—¿Ya tienes todo preparado para el matrimonio?
Cerré los ojos.
Yo no les había contado nada.
Mis padres vivían lejos y estaban encantados con la idea de que por fin me casara.
—Mamá…
—Tu padre incluso compró una corbata nueva.
Sentí un nudo en la garganta.
—No vamos a casarnos.
Hubo un silencio largo.
—¿Qué ocurrió?
Miré alrededor de la oficina vacía.
—Nada ocurrió de repente.
Esa era la verdad.
Las relaciones rara vez terminan por un único momento.
A veces mueren lentamente.
Una cena cancelada.
Un mensaje ignorado.
Una noche esperando.
Una necesidad minimizada.
Una pregunta importante respondida con indiferencia.
Hasta que un día alguien mira hacia atrás y comprende que lleva años despidiéndose.
—Me voy al extranjero por trabajo —dije—. Salgo el día 15.
Mi madre guardó silencio.
Temí que intentara convencerme de quedarme.
Pero solo preguntó:
—¿Es lo que tú quieres?
Sentí que los ojos se me humedecían.
Qué pregunta tan sencilla.
Y cuánto tiempo llevaba sin escucharla.
—Sí.
—Entonces ve.
Me tapé la boca.
—Mamá…
—Un matrimonio puede esperar. Tu vida no.
Lloré en silencio durante varios minutos.
La noche antes de mi partida, Adrian regresó temprano.
Llevaba flores.
Era la primera vez en casi dos años.
Las dejó frente a mí.
—Mañana es el día 15.
Asentí.
—Sí.
—Pedí la mañana libre.
Lo miré.
—¿Para qué?
Pareció sorprendido.
—Para ir al Registro Civil.
Había olvidado que él creía que el plan seguía vigente.
—Ah.
—¿“Ah”? —repitió—. Elena, mañana nos casamos.
—No.
Su expresión quedó completamente vacía.
—¿Qué?
—Mañana no nos casamos.
—¿De qué estás hablando?
Fui al dormitorio.
Saqué de un cajón la fotografía del calendario con el círculo rojo.
La coloqué sobre la mesa.
—Cancelé el plan.
—¿Cuándo?
—Hace dos semanas.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Lo miré directamente.
—Porque cuando te pregunté si querías casarte conmigo, dijiste “como quieras”.
Sus labios se separaron.
—Eso no significa que puedas cancelar nuestra boda sin decirme.
—¿Por qué no?
—¡Porque me afecta!
La frase resonó en toda la sala.