En una pequeña casa llena de amor vivía un niño llamado Samuel. Desde el día en que nació, sus padres supieron que era un regalo especial. Su sonrisa tenía el poder de iluminar cualquier habitación y su risa era capaz de alegrar incluso los días más difíciles.
Samuel tenía una condición visual que hacía que uno de sus ojos fuera diferente. Algunas personas se sorprendían al verlo por primera vez, mientras que otras sentían curiosidad. Sin embargo, quienes llegaban a conocerlo descubrían algo mucho más importante: un corazón inmenso, lleno de alegría, ternura y valentía.
Cada mañana, cuando despertaba, su madre lo abrazaba y le decía:
—Eres un niño maravilloso y muy hermoso.
Samuel sonreía sin comprender completamente el significado de aquellas palabras, pero podía sentir el cariño y la sinceridad con las que eran pronunciadas.
Un día, mientras jugaba sobre la cama rodeado de mantas y juguetes, su padre le entregó un pequeño cartel de cartón donde estaba escrito:
“Yo también soy lindo”