—Porque Gustavo vigilaba a ustedes. Cada vez que me acercaba a Guadalajara, recibía una fotografía tuya. Cuando cumpliste 10 años, enviaron una imagen de tu escuela. A los 15, una de la casa de tu abuela.
—Pudiste pedir ayuda.
—Lo hice. 2 personas que intentaron ayudarme perdieron sus empleos. Una terminó golpeada. Dejé de arriesgar vidas ajenas.
Lucía sintió lágrimas en los ojos.
—Me perdí 20 años contigo.
—Lo sé.
Daniel abrió una caja y sacó varios cuadernos.
—Escribí cada uno de tus cumpleaños. Imaginaba lo que estudiabas, qué música escuchabas y si todavía odiabas el jitomate. Sé que no compensa nada.
—No, no lo compensa.
Daniel asintió, recibiendo la verdad sin discutir.
Lucía se acercó y lo abrazó.
Su padre permaneció inmóvil durante un instante. Después la rodeó con los brazos y comenzó a llorar.
Las sirenas se escucharon a lo lejos.
Gustavo intentó salir por la puerta trasera, pero Mauricio y 2 agentes lo detuvieron.
Antes de ser esposado, gritó:
—¡Ricardo sabía más de lo que admite! ¡Pregúntenle quién firmó la transferencia original de las acciones!
Lucía se separó de su padre.
Miró al empresario.
Ricardo palideció.
—¿De qué está hablando?
Él no respondió.
La felicidad del reencuentro duró menos de 5 minutos.
Porque el contrato que permitió a Gustavo robar la patente también llevaba la firma de Ricardo Vélez.