—Olvidate del dinero.
—Pero…
—¡Subí ya!
La ayudé a acomodarse en el asiento trasero.
Apenas cerré la puerta, salí disparada.
Durante el trayecto ella respiraba profundamente.
—Tranquila. Ya llegamos.
—Intento estar tranquila, pero este bebé parece tener prisa.
No pude evitar reír.
—Bueno, dile que espere unos minutos.
Ella soltó una carcajada entre contracción y contracción.
—No me hace caso.
—Entonces salió rebelde.
—Igual que su padre.
Las dos nos reímos.
Y eso ayudó a aflojar un poco los nervios.
Cuando llegamos al hospital, salieron dos enfermeros con una silla de ruedas.
Antes de entrar, la mujer me tomó la mano.
—Gracias.
—No tenés que agradecer nada.
—Sí tengo.
—Lo importante es que todo salga bien.
—¿Cómo te llamás?
—Valeria.
—Yo soy Martina.
—Mucho gusto, Martina.
Ella sonrió.
—Nunca voy a olvidarme de vos.
La vi desaparecer por las puertas del hospital y pensé que probablemente nunca volvería a verla.
Seguí con mi vida.
Pasaron los días.
Luego las semanas.
Y finalmente los meses.
Hasta que una tarde recibí un viaje desde una dirección que no conocía.
Acepté.
Cuando llegué, vi a una mujer parada frente a una casa.
Tardé unos segundos en reconocerla.
Era Martina.
Y tenía un bebé en brazos.
Bajé la ventanilla.
—¡Martina!
Ella sonrió.
—Sabía que eras vos.
—¿Cómo estás?
—Muy bien.
—¿Y el pequeño?
—Perfecto.
Me acerqué para verlo.
Era un bebé gordito, cachetón y tremendamente serio.
Tan serio que parecía estar evaluándome.
—Creo que no le agrado —bromeé.
—No, él mira así a todo el mundo.
En ese momento el bebé soltó un estornudo tan fuerte que las dos nos largamos a reír.
—Definitivamente heredó la personalidad del padre —dijo ella.
Entonces me entregó una pequeña caja.