Soy taxista desde hace más de quince años. He visto de todo en mi auto: parejas peleando, personas llorando, turistas perdidos, gente que sube cantando a las tres de la mañana y otras que no dicen una sola palabra durante todo el viaje.
Pero la historia que voy a contarles ocurrió una fría madrugada de invierno y todavía me hace sonreír cada vez que la recuerdo.
Aquella noche estaba cansada. Había trabajado casi doce horas seguidas y solo quería hacer un último viaje antes de volver a casa.
Estacioné cerca de una plaza mientras tomaba un café que ya estaba medio frío cuando vi a una mujer caminando lentamente por la vereda.
Llevaba una enorme panza de embarazo.
Al principio no le presté mucha atención.
Hasta que escuché un grito.
—¡Ay!
Levanté la vista.
La mujer estaba apoyada contra un poste de luz, respirando con dificultad.
Salí del taxi de inmediato.
—¿Estás bien?
Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Creo… creo que ya viene el bebé.
Sentí que el corazón me daba un salto.
—¿Qué?
—Las contracciones… son cada vez más fuertes.
Corrí a abrirle la puerta.
—Subí. Te llevo al hospital.
—No tengo dinero suficiente para pagar…