PARTE 1
Natalia Herrera entendió que su compromiso estaba muerto cuando Mauricio Ledesma le pidió quedarse en casa la noche en que iba a presentar “el proyecto de su vida”.
Faltaban 3 horas para la gala en el Hotel Reforma Imperial, en plena Ciudad de México.
Ella ya tenía puesto el vestido azul que él mismo había elegido en una boutique de Polanco.
Mauricio entró al departamento sin besarla.
Se ajustó los mancuernillas frente al espejo y dijo, como si hablara del clima:
—Hoy no vas a ir.
Natalia se quedó inmóvil.
—¿Perdón?
—No empieces, Nati. Es una noche delicada.
Ella sintió que algo se le apretaba en el pecho.
Durante 4 años había corregido sus presentaciones, organizado cenas para inversionistas, calmado sus ataques de ansiedad y prestado dinero cuando su empresa, Ledesma Urban Tech, casi se iba al hoyo.
También había dejado en pausa su propio proyecto de restauración comunitaria, Raíz Viva, porque él repetía que estaban construyendo un futuro juntos.
—Soy tu prometida —dijo ella.
Mauricio suspiró.
—Esta noche necesito otra imagen.
Entonces lo entendió.
—Vas con Valeria.
Él no lo negó.
Valeria Iturbide era consultora de lujo, elegante, fría, de esas mujeres que entraban a una sala como si ya hubieran comprado el edificio.
—Los inversionistas esperan cierto nivel —dijo Mauricio.
Natalia soltó una risa seca.
—¿Y yo qué soy? ¿Nivel tianguis?
—No seas dramática. Tú eres buena con detalles, con casas antiguas, con vecinos, con cosas bonitas. Pero hoy hablamos de dinero grande.
Esa frase la atravesó peor que una bofetada.
Cosas bonitas.
Así llamaba él a las ideas que le habían servido para vender su empresa como una plataforma de rescate urbano inteligente.
Así llamaba a las noches en que Natalia le explicó cómo restaurar vecindades sin desplazar familias.
Así llamaba al trabajo que ella había soñado desde antes de conocerlo.
—Me estás borrando —susurró.
—Estoy protegiendo el trato.
—No, Mauricio. Estás protegiendo tu ego.
Él tomó su saco.
—Hablamos mañana, cuando estés más tranquila.
Se fue sin disculparse.
Natalia se quedó mirando el anillo.
Después miró el vestido azul.
Lloró solo 10 minutos.
Luego se maquilló otra vez, se puso tacones y pidió un taxi.
Si Mauricio quería humillarla, tendría que hacerlo frente a todos.
Cuando entró al salón principal del Hotel Reforma Imperial, el murmullo se partió como vidrio.
—¿Qué hace ella aquí?
—¿No venía él con Valeria?
—Ay, no manches, esto se va a poner feo.
Más de 200 invitados voltearon.
Mauricio estaba junto a Valeria, con una copa en la mano y la sonrisa congelada.
Pero otro hombre también la miraba desde la terraza.
El jeque Karim Al-Sayed, multimillonario de Emiratos, el inversionista que todos querían impresionar esa noche.
Mauricio caminó hacia Natalia con furia disimulada.
—Te dije que no vinieras.
—Y yo decidí no obedecerte.
—Qué oso, Natalia. Todo el mundo sabe con quién vino Mauricio.
Antes de que Natalia respondiera, el jeque cruzó el salón.
La música bajó.
Los invitados se hicieron a un lado.
Mauricio extendió la mano.
—Su Alteza, qué honor…
Karim lo ignoró.
Se detuvo frente a Natalia y dijo en voz clara:
—Señorita Herrera, por fin la encuentro.
El rostro de Mauricio perdió todo color.
Karim le ofreció la mano.
—¿Me acompaña al escenario? El anuncio de esta noche no puede hacerse sin usted.
Y entonces, detrás de ellos, la pantalla gigante apagó el logo de Ledesma Urban Tech y apareció uno que Natalia no veía desde hacía años:
RAÍZ VIVA.