Yo le acaricié la mejilla.
—Mi niña, tú tienes que pensar en tu futuro. No cargues con lo que no te toca.
Ella me abrazó con tanta fuerza que sentí sus dedos hundirse en mi espalda.
Después me dijo al oído:
—Abuela, espérame. Cuando cumpla dieciocho, vendré por ti. Te lo prometo.
No supe qué contestar.
A los diecisiete años, uno promete con todo el corazón.
Pero la vida cambia mucho cuando una persona es joven.
Y pasa muy despacio cuando una persona es vieja.
Así que solo asentí.
Desde ese día, aquella promesa se convirtió en mi manera de contar el tiempo.
En la residencia, los días se parecían demasiado.
Por la mañana llamaban a la puerta.
Al mediodía comíamos casi siempre en la misma mesa.
Por la tarde, algunos veían la televisión. Otros dormían en sus sillones. Yo miraba mucho hacia la entrada.
No era la única.
Había personas que se arreglaban los domingos aunque nadie hubiera dicho que iba a venir.
Había quien miraba el teléfono durante horas.
Había quien decía:
—Mi hijo seguro viene la semana que viene.
O:
—Mi hija anda muy ocupada, pero no se olvida de mí.
Yo entendía esas frases.
Cuando uno quiere a alguien, le busca excusas.
Aunque esas excusas duelan.
Marta venía cuando podía.
A veces me traía galletas, fruta, calcetines limpios o una rebanada de bizcocho. Se sentaba conmigo un ratito, pero siempre miraba la hora.
Antes de irse, me decía:
—Mamá, perdón, tengo que correr.
Y yo respondía:
—No te preocupes, hija. Estoy bien.
No era verdad.
Pero una madre protege a sus hijos incluso cuando ya tiene las manos arrugadas y la voz más baja.
Caterina me llamaba al principio cada semana.
Después, menos.
Tenía clases. Buscaba trabajo. Salía con sus amigas. Estaba creciendo.
Yo no quería ser una carga para ella.
Así que no le pedía nada.
Pero cada noche dejaba el teléfono cerca de mí.
A veces llegaba un mensaje.
“Pienso en ti, abuela.”
“Mañana te llamo.”
“Te quiero mucho.”
Yo leía esas frases varias veces.
Como si al repetirlas pudiera hacer que duraran más.
Un día marqué una fecha en rojo en mi calendario pequeño.
El cumpleaños de Caterina.
Sus dieciocho años.
El día de su promesa.
Cuando llegó esa mañana, me levanté temprano.
Me puse mi blusa clara, la que Caterina decía que me hacía buena cara. Me peiné despacio. Ordené la habitación como si alguien fuera a entrar y necesitara ver que yo todavía seguía lista para vivir.
Una cuidadora me preguntó:
—¿Espera visita, Rosario?
Yo respondí:
—Mi nieta viene por mí.
Ella sonrió con ternura.
Una sonrisa buena.
Pero en sus ojos vi que no terminaba de creerlo.
Pasó la mañana.
Nadie llegó.
A la hora de la comida apenas probé el plato.
A media tarde acerqué la maleta a la puerta.
Miré el teléfono.
Nada.
Ni llamada.
Ni mensaje.
Empecé a buscar explicaciones.
Tal vez tuvo un problema.
Tal vez Marta la necesitó.
Tal vez se le hizo tarde.
Entonces llegó otro pensamiento.
Tal vez se olvidó.
Y ese fue el que más me dolió.
Porque una puede acostumbrarse a muchas cosas cuando envejece.