Me llamo Rosario Martín. Tengo ochenta años.
Y aquel día, en mi habitación de la residencia, estaba esperando a Caterina.
No esperaba una visita.
No esperaba una llamada rápida.
No esperaba que viniera a darme un beso y se marchara.
Esperaba que viniera a llevarme a casa.
Mi maleta estaba junto a la cama desde primera hora de la mañana. Era una maleta pequeña, vieja, de color marrón, con una rueda que ya casi no giraba bien.
Dentro había metido dos chaquetas, un camisón, unas zapatillas, mis fotos y una bufanda azul que Caterina me había tejido cuando era niña.
La bufanda estaba torcida.
Tenía un punto más grande que otro.
Pero para mí valía más que cualquier cosa cara.
Un año antes, mi hija Marta me había llevado a aquella residencia para personas mayores.
Todavía recuerdo su cara ese día.
Estaba de pie en mi cocina, al lado de la mesa, con una carpeta de papeles apretada contra el pecho. Tenía los ojos rojos y la voz cansada.
No parecía una hija que quisiera deshacerse de su madre.
Parecía una mujer que ya no podía más.
—Mamá, perdóname —me dijo—. No estoy pudiendo con todo.
No le pregunté con qué.
Yo ya lo sabía.
Durante meses, Marta había salido de trabajar y había venido a mi casa a hacerme la compra, lavar ropa, ordenar papeles, acompañarme al médico y revisar mis medicinas.
Luego se iba a su casa, donde todavía la esperaban sus propios problemas.
Caterina estaba terminando sus estudios.
Marta tenía cuentas que pagar, comida que preparar, una vida que sostener.
Yo veía que mi hija me quería.
Pero también veía sus ojeras.
Y una madre, aunque esté vieja, sigue sabiendo cuándo su hija se está rompiendo por dentro.
Por eso no grité.
No le dije que me estaba abandonando.
Solo pregunté:
—¿Puedo llevarme la foto de Caterina?
Marta bajó la mirada.
Y empezó a llorar.
Cuando llegué a la residencia, todo estaba limpio.
La cama bien hecha. El armario vacío esperando mi ropa. Una mesita al lado. Una silla cerca de la ventana. En la pared, un cuadro sencillo con flores.
Me hablaron con amabilidad.
Me enseñaron el timbre.
Me explicaron los horarios.
Desayuno.
Medicinas.
Comida.
Merienda.
Cena.
Todo estaba organizado.
Todo, menos el vacío.
Caterina tenía diecisiete años entonces.
Me esperaba en la entrada. Tenía los ojos hinchados y la boca apretada, como si estuviera tratando de no llorar.