Me llamo María. Tengo 67 años. Y esta mañana, en cuanto mi esposo se despertó, no me habló a mí; se levantó buscando a “Anita”. Anita era su mamá, que en paz descanse, pero ella falleció desde 1993.
Ayer volvieron a marcar de la oficina del seguro. “Señora María —me decía un burócrata cansado—, tenemos que revisar si de veras califica para el apoyo de asistencia en casa. Ya sabe, los presupuestos están recortados”.
Me dieron ganas de reírme. Ganas de gritar. Me daban ganas de soltarle: “Niño, ¿tú qué vas a saber de verdaderos presupuestos? No son los recibos de los pañales de adulto que tengo apilados en el garaje.
Ni lo poquito que me queda de la pensión y que se me va completita en la farmacia. El verdadero costo es cuando el hombre con el que has compartido cuarenta y ocho años de tu vida te pregunta, bien educado, si eres la enfermera nueva”.
Pero obvio no le dije nada de eso. Solo le contesté: “Ahí la llevamos, joven, gracias”. Porque a eso nos acostumbramos: a apechugar y a salir adelante solos.
Conocí a mi Chepo en una noche helada de octubre, por allá de 1975. Él no era la estrella del equipo de fútbol, era ese muchacho tímido que se me acercó con un café de olla bien calientito y que, cuando se lo tiré encima por accidente, no se burló; se quitó su chamarra de mezclilla y me cubrió del frío.
Un año después me pidió matrimonio con una cháchara viejita de su abuela, prometiéndome que se partiría el alma trabajando para levantar nuestra vida.