PARTE 2: EL ABUELO QUE CONOCÍA EL SECRETO
Rebeca Salgado era la hermana mayor de Adrián.
Había administrado las empresas familiares mientras él trabajaba en Monterrey. Elegante, controladora y protectora de su apellido, consideraba que cualquier persona ajena a los Salgado buscaba dinero.
Cuando llegó al hospital, encontró a Mariana fuera de la habitación de su padre.
—¿Qué haces aquí?
—Trabajo aquí.
Rebeca miró a Adrián.
—¿Volviste a buscarla mientras papá se está muriendo?
—No es asunto tuyo.
—Todo lo que pueda afectar a nuestra familia es asunto mío.
Don Ernesto recuperó suficiente fuerza para pedir que Mariana entrara. Cuando la vio, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Perdóname.
Mariana se acercó.
—¿Por qué?
—Yo sabía de Ximena.
Adrián palideció.
El anciano explicó que, 8 años atrás, recibió una carta de Mariana dirigida a su hijo. Ella la había enviado semanas después de confirmar el embarazo, cuando el miedo pudo más que su decisión inicial de guardar silencio.
Don Ernesto interceptó la carta.
—Adrián acababa de firmar un contrato que podía salvar la empresa —confesó—. Pensé que si regresaba por ti perdería aquella oportunidad.
—¿Nunca se la entregaste? —preguntó Mariana.
—No.
La carta permaneció escondida dentro de un expediente.
Años después, don Ernesto contrató a un investigador para comprobar que Mariana y la niña estuvieran bien. Pagó anónimamente algunos tratamientos médicos y una parte de la colegiatura de Ximena.
—No fue generosidad —admitió—. Fue cobardía disfrazada de ayuda.
Adrián se apartó de la cama.
—Me robaste 8 años con mi hija.
—Quería proteger tu futuro.
—Ella era mi futuro.
Rebeca entró sin permiso.
—Papá no estaba equivocado. Mariana decidió tener una hija sin avisar. Ahora aparece cuando la empresa vale millones.
—Yo no aparecí —respondió Mariana—. Adrián llegó a mi hospital.
—¿Y debemos creer que no quieres nada?
Mariana sacó su gafete.
—Trabajé mientras estaba embarazada, terminé una especialidad y crié sola a mi hija. Nunca pedí un peso a tu familia.
Don Ernesto pidió una carpeta guardada en la caja de seguridad de su casa. Contenía la carta original, fotografías de Ximena y un fideicomiso creado a nombre de la niña.
La administradora era Rebeca.
—El fideicomiso tiene 35,000,000 de pesos —explicó el anciano—. Quería entregárselo cuando fuera mayor.
—¿Dónde están los documentos? —preguntó Adrián.