Tengo 34 años y atiendo una ferretería en un barrio popular donde todos nos conocemos.
El martes, el cielo se cayó a pedazos con una tormenta helada. Yo estaba cerrando mi local cuando escuché unos gritos en la acera de enfrente.
Era doña Patricia, una señora dueña de una vecindad, famosa por ser grosera, usurera y sin una gota de empatía. Estaba aventando unas bolsas de basura con ropa vieja a la banqueta mojada.
Sentada en el borde de la banqueta, protegiendo a dos niños de tres y cinco años con un plástico de basura, estaba Mariana, una madre soltera que hace postres para vender.
Crucé corriendo para ver qué pasaba. Mariana lloraba desconsolada. Me contó que se había atrasado dos días en la renta y le faltaban solo doscientos pesos para completar el mes.
Doña Patricia no quiso esperar más, le cambió el candado del cuarto y la echó a la calle en medio del aguacero, gritándole: “A mí no me importan tus chamacos, mi propiedad no es beneficencia pública. Lárguense a estorbar a otro lado”.
Varios vecinos empezamos a asomarnos, indignados, pero nadie quería pelear con la dueña por miedo. Fue entonces cuando la cortina de metal del local de al lado sonó fuertísimo.
Era don Beto, el dueño de la carnicería. Un señor de 60 años, enorme, con las manos como piedras, que siempre trae puesto un mandil manchado de sangre y cara de pocos amigos.
Don Beto caminó a paso pesado bajo la lluvia, se paró frente a doña Patricia, sacó un billete de doscientos pesos de su bolsa y se lo aventó a los pies.
“Ahí está su miseria, señora. Agárrela y tráguesela”, le dijo don Beto con una voz que retumbó en la cuadra entera. “Pero a Mariana y a los niños no los vuelve a meter a ese cuarto lleno de humedad”.
Doña Patricia se asustó por el tamaño y el tono del carnicero, agarró su billete y se metió rápido a su casa cerrando la puerta.
Don Beto volteó con Mariana, levantó a los dos niños del piso mojado cargándolos como si no pesaran nada, y le dijo a la muchacha: “Mija, en la parte de arriba de mi carnicería hay un departamento de dos cuartos que usaba de bodega.
Está vacío y tiene agua caliente. Váyase para allá con las criaturas. No me va a pagar un solo peso de renta hasta que su negocio de postres le dé para comer bien. Y el que se atreva a decir algo, se las ve conmigo”.
Mariana se soltó a llorar, pero esta vez de alivio, abrazando el brazo gigante de don Beto. Los vecinos que estábamos viendo la escena empezamos a organizarnos en ese mismo instante.
Yo subí un colchón que tenía de sobra, la señora de las tortillas le llevó comida caliente y entre todos le armamos el cuarto en menos de una hora.